Primera reunión, primera parte. Sábado 9 de mayo.
Seminario “Acerca de los diferentes tipos de diagnósticos en salud mental”
Yo creo que este tema del diagnóstico es el gran tema porque se tocan todos los puntos que se pueden tocar en salud mental. Los diagnósticos confluyen y al mismo tiempo están separados.
Hay distintos tipos de diagnóstico:
1- El psicofarmacológico que lo vamos a estudiar a través de un libro bárbaro que es de Foucault, un personaje fundamental, que se llama "El poder psiquiátrico" y que permitirá pensar un montón de cuestiones.
2- El de trastornos, se usa mucho más de lo que lo aceptamos, los DSM son un furor, todos llevamos en el bolsillo del guardapolvo hospitalario una versión de abreviada. Finalmente todo se puede constituir en un trastorno, todo lo que es hablable, cualquier cosa, por ejemplo, se me cae una uña y entonces se constituye el trastorno de la uña caída, si bien tienen una jerarquía, cualquier cosa que sea hablable puede examinarse en el campo del trastorno. Existen un montón de cuestiones que no se dicen en los DSM, entre esas cosas están los instrumentos que hay que utilizar para trabajar con esos trastornos. Uun médico argentino que vive en EEUU cuenta que al hijo le diagnosticar un trastorno afectivo y el instrumento que le decían que tenía que utilizar era la utilización de un peine de cerda gruesa y la acción era pasárselo por las piernas al hijo. Esto que nos parece tan ridículo a nosotros se hace en EEUU, la escuela le pedía al padre que “peinara” al hijo porque el hijo abrazaba mucho a las maestras, él lo cuenta y uno dice ¿cómo es posible esto?
¿Y el no-trastorno que sería? Directamente que no se hable del tema, es así, el trastorno es algo que es hablable, y el otro campo de lo que no se dice, que es esta cuestión de los instrumentos que no están escritos, y cuando el campo del no-trastorno es directamente la no-existencia, no es parte del campo de lo hablable. Tenemos el campo de lo hablable, de no dicho y de lo no existente.
3- El diagnóstico de patologías. Es recontracomplejo para cualquier trabajador de salud mental. ¿Cómo diagnosticar un paciente desde la patología?
En el diagnóstico diferencial está de un lado la neurosis y del otro lado la psicosis, el tema fundamental de esta separación es cuál es ese límite, Freud sostenía que había un más y un menos, Lacan habla de esto como un acantilado, como una hiancia entre una cosa y la otra, pero no queda muy claro que está en esa frontera, en ese límite entre una cosa y la otra, el gran tema del diagnóstico de patología es en donde está ese límite porque no está muy claro, esta cuestión de la locura también agrega algo sobre la diferencia entre neurosis, psicosis y la locura que está en el medio de estas dos cosas.
domingo, 24 de mayo de 2009
DIAGNOSTICAR ES UNA ESPERANZA
El diagnóstico constituye un punto imprescindible en la dirección de una cura. Existen diferentes clases de diagnósticos: los que utilizan dimensiones catalogadores por consenso de síntomas y signos como los DSM, las que utilizan una descripción fenoménica de autor como las nosografías psiquiátricas del siglo pasado, las que toman como dimensiones la presencia y/o ausencia de determinados significantes estructurales y estructurantes como el psicoanálisis, las que aprehenden su sentido a partir del valor experiencial disciplinar. Diferentes tipos de construcción de diagnósticos que se agregan a otros posibles pero que marcan la gran diversidad que existe en el acercamiento a la realidad profesional y laboral de cada día. El diagnóstico marca la adherencia de un profesional a un tipo determinado de marco teórico. Hoy me gustaría, sin olvidar este marco referencial, escribir acerca, no del diagnóstico, sino de la acción clínica del diagnosticar.
- 1 -
Una paciente llamada Mary[i] llega a tratamiento psicológico a un hospital público del primer cinturón del Gran Buenos Aires con un motivo de consulta preciso: masca chicle todo el día. Había querido dejar de fumar mascando chicle y ahora mascaba y fumaba. Lo llamativo era que mascaba todo el día el mismo chicle.
_ ¿Cuándo come también masca chicle?_ preguntó un desconcertado practicante del psicoanálisis, tal como quería considerarme a mí mismo.
_ No, cuando como, lo dejo a un lado y después, me lo vuelvo a poner en la boca.
Mary cuenta su historia en mañanas de distintas estaciones del año, durante meses cuenta acerca del padre y de su avaricia insuperable. Intenta transmitir algo de sus vivencias. El padre no le dio ni un beso, no le compró lápices de colores en la primaria, compró una casa y durante años no le puso ni agua corriente ni un inodoro.
Mí, como pasaré a llamarme pues era yo pero muy distinto al que soy hoy pues han pasado los años, creo que más de diez. Mí, entonces, la invitó a depositar en tratamiento el objeto que el padre no había puesto en la casa por más de cincuenta años. Algo inexperto, Mí se sorprendió de lo aconteció con el lugar del despacho de la “res excrementus”. Luego de meses de intentar la búsqueda de la imagen transmisible de un padecer enorme, Mary comenzó a preguntarse acerca de ella misma y a dudar acerca de quién era. Se preguntaba si era buena o mala, y las preguntas se contagiaban unas a otras, y llegaba a preguntarse si era avara o generosa. Y comenzaba a llorar, ¡lo que nunca había hecho en su vida! y ahora no podía dejar de hacerlo comenzando a preocupar a toda su familia. Contaba que una vez el padre le había regalado un vestido pero, antes de dárselo, se lo ermina regalando a su hermana; ahí es cuando tomó veneno para hormigas. Llora de una manera que también asusta a Mí. Mary no estaba bien, comenzaba a tener indecisiones que eran consecuencia de la movilización de toda su cadena significante y Mí se preguntaba con angustia hasta donde había que tirar de la cadena. Mary, cada vez más indecisa, comienza a mirar a Mí y le dice que él le puede decir, ya que la conoce como ni su marido la conoce, quién es ella. Se trata de un saber que Mí poseería pero que negaría a dárselo. Mary comienza a amenazar a Mí que le dé una respuesta precisa, no aceptaba ningún Ní más. ¡Basta de indecisiones! Mary iba a actuar y estaba lejos de pensar que cuando en su vida se aceleraba lo único que terminaba haciendo eran cagadas.
Una tarde, Mí descansaba de una jornada laboral cuando suena el telefóno y escucha la voz de Mary como pocas veces la había escuchado. Le dice que si no le dice que tiene, ella...podría... y habría una responsabilidad profesonal. Mí, entre la espada y la pared, desesperado reflexiona (sin pensar) acerca de qué hacer. No sin angustia le dice: _Usted es una neurosis histérica. Mí se sorprende pues esto tranquiliza a la paciente.
¡Diagnosticar había producido un cambio! Poco a poco, retorna la calma, y Mary analiza lo que le había pasado. Se había vuelto temporariamente loca como la madre. No había aguantado pensar en la hermana y la preferencia paterna. Comenzó a imaginar escenas de abuso cuando era chica, y era el padre con esa piel que a ella tanta repugnancia le daba, quien no solamente había abusado de ella sino también de su hijo.
El dianosticar fue una esperanza de no estar loca y ubicar su padecer dentro de un duelo, el duelo de la inminencia de la muerte del padre que con ochenta y pico de años estaba acercándose a ella. Lo “in” era lo incierto. El diagnosticar se metía en lo incierto y creaba un diagnóstico a dar a un sujeto que precisaba un saber, un saber sobre sí misma como testimonio de una fallida operatoria paterna.
El diagnosticar fue una esperanza que le permitió orientarse acerca de la mejor posibilidad de llevar adelante un cambio.
-2-
Dar un diagnóstico es entrar a la Modernidad que con sus nuevas formas de dominio, le “obsequia” un diagnóstico al otro. Un diagnóstico es deseado por un individuo que desespera por un saber que le permita orientarse en su incertidumbre, es exigido por un ciudadano con derechos a la atención pública, es demandado por un sujeto carcomido por sus propias disquisiciones y fantasmas.
Pero hay que saberlo desde el principio, el diagnóstico va más allá y más aca de nuestro desempeño profesional. Hay diagnóstico en el sentido común, hay diagnóstico en el prejuicio y la discriminación, hay también diagnóstico de género. Y por supuesto, hay diagnósticos oficiales, diagnóticos que no se escriben y diagnósticos clandestinos. Hay diagnósticos fácilmente escuchables pero también diagnósticos lapidarios que te dejan preguntándote qué sentido tiene saberlo en este momento. Hay diagnóstico que se dicen en congresos y otros que se dicen en bambalinas. Hay diagnósticos con los cuales hemos crecido, diagnósticos generacionales. Y hay, por supuesto, diagnósticos en nuestra especialidad.
La mayoría no debe saber su diagnóstico nos dice Descartes al comienzo de la Modernidad separando a la masa del Hombre con mayúscula que aprehende el destino en sus manos. En la Modernidad se constituye un diagnóstico que no está bien decir y esto es lo que constituye el nacimiento de la norma moderna que ha causado un verdadero furor en estos siglos hasta convertirnos en espectadores de nuestros diagnósticos.
En cambio, el diagnosticar es una operatoria donde aparece la subjetividad de de quien diagnóstica y no hay espectadores que digan sus aseveraciones con la voz muda de la verdad. Se trata de un saber que gana un recorrido a la incertidumbre pero que pronto volverá a la acechanza de lo incierto. Y que acepta sus límites, y ahí, la esperanza.
[i] Este caso clínico está desarrollado en el libro EN GUARDIA. CRONICA DE UNA RESIDENCIA EN SALUD MENTAL (2000) Letra Viva.
- 1 -
Una paciente llamada Mary[i] llega a tratamiento psicológico a un hospital público del primer cinturón del Gran Buenos Aires con un motivo de consulta preciso: masca chicle todo el día. Había querido dejar de fumar mascando chicle y ahora mascaba y fumaba. Lo llamativo era que mascaba todo el día el mismo chicle.
_ ¿Cuándo come también masca chicle?_ preguntó un desconcertado practicante del psicoanálisis, tal como quería considerarme a mí mismo.
_ No, cuando como, lo dejo a un lado y después, me lo vuelvo a poner en la boca.
Mary cuenta su historia en mañanas de distintas estaciones del año, durante meses cuenta acerca del padre y de su avaricia insuperable. Intenta transmitir algo de sus vivencias. El padre no le dio ni un beso, no le compró lápices de colores en la primaria, compró una casa y durante años no le puso ni agua corriente ni un inodoro.
Mí, como pasaré a llamarme pues era yo pero muy distinto al que soy hoy pues han pasado los años, creo que más de diez. Mí, entonces, la invitó a depositar en tratamiento el objeto que el padre no había puesto en la casa por más de cincuenta años. Algo inexperto, Mí se sorprendió de lo aconteció con el lugar del despacho de la “res excrementus”. Luego de meses de intentar la búsqueda de la imagen transmisible de un padecer enorme, Mary comenzó a preguntarse acerca de ella misma y a dudar acerca de quién era. Se preguntaba si era buena o mala, y las preguntas se contagiaban unas a otras, y llegaba a preguntarse si era avara o generosa. Y comenzaba a llorar, ¡lo que nunca había hecho en su vida! y ahora no podía dejar de hacerlo comenzando a preocupar a toda su familia. Contaba que una vez el padre le había regalado un vestido pero, antes de dárselo, se lo ermina regalando a su hermana; ahí es cuando tomó veneno para hormigas. Llora de una manera que también asusta a Mí. Mary no estaba bien, comenzaba a tener indecisiones que eran consecuencia de la movilización de toda su cadena significante y Mí se preguntaba con angustia hasta donde había que tirar de la cadena. Mary, cada vez más indecisa, comienza a mirar a Mí y le dice que él le puede decir, ya que la conoce como ni su marido la conoce, quién es ella. Se trata de un saber que Mí poseería pero que negaría a dárselo. Mary comienza a amenazar a Mí que le dé una respuesta precisa, no aceptaba ningún Ní más. ¡Basta de indecisiones! Mary iba a actuar y estaba lejos de pensar que cuando en su vida se aceleraba lo único que terminaba haciendo eran cagadas.
Una tarde, Mí descansaba de una jornada laboral cuando suena el telefóno y escucha la voz de Mary como pocas veces la había escuchado. Le dice que si no le dice que tiene, ella...podría... y habría una responsabilidad profesonal. Mí, entre la espada y la pared, desesperado reflexiona (sin pensar) acerca de qué hacer. No sin angustia le dice: _Usted es una neurosis histérica. Mí se sorprende pues esto tranquiliza a la paciente.
¡Diagnosticar había producido un cambio! Poco a poco, retorna la calma, y Mary analiza lo que le había pasado. Se había vuelto temporariamente loca como la madre. No había aguantado pensar en la hermana y la preferencia paterna. Comenzó a imaginar escenas de abuso cuando era chica, y era el padre con esa piel que a ella tanta repugnancia le daba, quien no solamente había abusado de ella sino también de su hijo.
El dianosticar fue una esperanza de no estar loca y ubicar su padecer dentro de un duelo, el duelo de la inminencia de la muerte del padre que con ochenta y pico de años estaba acercándose a ella. Lo “in” era lo incierto. El diagnosticar se metía en lo incierto y creaba un diagnóstico a dar a un sujeto que precisaba un saber, un saber sobre sí misma como testimonio de una fallida operatoria paterna.
El diagnosticar fue una esperanza que le permitió orientarse acerca de la mejor posibilidad de llevar adelante un cambio.
-2-
Dar un diagnóstico es entrar a la Modernidad que con sus nuevas formas de dominio, le “obsequia” un diagnóstico al otro. Un diagnóstico es deseado por un individuo que desespera por un saber que le permita orientarse en su incertidumbre, es exigido por un ciudadano con derechos a la atención pública, es demandado por un sujeto carcomido por sus propias disquisiciones y fantasmas.
Pero hay que saberlo desde el principio, el diagnóstico va más allá y más aca de nuestro desempeño profesional. Hay diagnóstico en el sentido común, hay diagnóstico en el prejuicio y la discriminación, hay también diagnóstico de género. Y por supuesto, hay diagnósticos oficiales, diagnóticos que no se escriben y diagnósticos clandestinos. Hay diagnósticos fácilmente escuchables pero también diagnósticos lapidarios que te dejan preguntándote qué sentido tiene saberlo en este momento. Hay diagnóstico que se dicen en congresos y otros que se dicen en bambalinas. Hay diagnósticos con los cuales hemos crecido, diagnósticos generacionales. Y hay, por supuesto, diagnósticos en nuestra especialidad.
La mayoría no debe saber su diagnóstico nos dice Descartes al comienzo de la Modernidad separando a la masa del Hombre con mayúscula que aprehende el destino en sus manos. En la Modernidad se constituye un diagnóstico que no está bien decir y esto es lo que constituye el nacimiento de la norma moderna que ha causado un verdadero furor en estos siglos hasta convertirnos en espectadores de nuestros diagnósticos.
En cambio, el diagnosticar es una operatoria donde aparece la subjetividad de de quien diagnóstica y no hay espectadores que digan sus aseveraciones con la voz muda de la verdad. Se trata de un saber que gana un recorrido a la incertidumbre pero que pronto volverá a la acechanza de lo incierto. Y que acepta sus límites, y ahí, la esperanza.
[i] Este caso clínico está desarrollado en el libro EN GUARDIA. CRONICA DE UNA RESIDENCIA EN SALUD MENTAL (2000) Letra Viva.
Etiquetas:
clases de diagnósticos,
Diagnóstico,
dirección de una cura
EL PROBLEMA DEL DIAGNÓSTICO
Dar un diagnóstico es entrar a la Modernidad que, con sus nuevas formas de dominio, le “obsequia” un diagnóstico al otro.
Descartes, desde el comienzo de la Modernidad, ubica la diferencia entre algunos hombres que pueden hurgar en los cimientos de la verdad, la autoridad, el saber; y muchos otros que deben contentarse con un camino ya trazado. Dice: “Los que mayores dones hayan recibido de Dios tendrán quizá designios más altos; pero me temo que aun este mismo es por demás atrevido para muchos. La mera resolución de deshacerse de todas las opiniones recibidas anteriormente no es un ejemplo que todos deban seguir”[i].
La Modernidad que intenta plantear como fundante que todos tenemos razón en tanto subjetividad que piensa, termina ubicando que no todos podemos conducirla hacia la verdad y el saber como principio de la propia experiencia. Diferencia así un diagnóstico fundamentado, buceador de su propia génesis, de un diagnóstico repetitivo, marcado por un consenso engañoso que no permite perdernos en la incertidumbre propia de lo humano. Este camino ya no es la la pregunta por la verdad sino la “normalización”, como diría Foucault, que nos imponen seguir.
Y esto también ocurre con los diagnósticos en nuestra especialidad, los hay pesados como normas y también los hay curiosos del saber y de las palabras verdaderas. Por un lado, existen diagnósticos que borran la subjetividad del diagnosticado convirtiéndolo en espectador del sonido incuestionable de la verdad, por otro lado, también existen diagnósticos que hacen aparecer la cuestión personal tanto del diagnosticador como del diagnosticado, se trata de la construcción de un saber que gana un recorrido a la incertidumbre pero que pronto volverá a la acechanza de lo incierto.
Existen algunos profesionales que se la pasan diagnosticando y otros para los cuales diagnosticar es mala palabra. No se trata solamente de la posición teórica que adhieran y de su gusto por diagnosticar sino de la posición que tengan en relación al dilema de la Modernidad y de nuestra actualidad.
-1-
El diagnóstico se utiliza en todas las ramas del saber, es transdiciplinario, en medicina, en economía, en política, etc... En todas esas disciplinas se intenta determinar como está funcionando un sistema en relación a una normalidad ideal de funcionamiento. De aquí el problema de diagnosticar en salud mental. La norma ideal es un entidad abstracta y muy susceptible a los cambios históricos y anímicos. Además el diagnosticador está incluído dentro del campo a investigar, cuestionando la idea de objetividad. Pero todos estos no son los problemas más complejos. Hay niveles de construcción de diagnósticos en salud mental que no hay que perder de vista. Hay diagnósticos que se dicen entre bambalinas y otros en los congresos internacionales. Tampoco es lo mismo quien es el sujeto a diagnósticar. Un diagnóstico toma en cuenta a quien tiene enfrente. Muchas investigaciones han demostrado que es más frecuente diagnosticar, por ejemplo, como adicto a un joven, clase baja, sin ocupación conocida, que fuma marihuana y toma pastillas con alcohol que a un exitoso empresario de clase alta que utiliza la cocaína para mejorar su rendimiento laboral.
Todas estas cuestiones son introductorias al tema propia del diagnóstico en nuestro campo de trabajo. En él, el diagnóstico constituye un punto imprescindible en la dirección de una cura. Existen diferentes clases de diagnósticos que toman diferentes perspectivas: los que utilizan dimensiones catalogadores por consenso de síntomas y signos como los DSM, las que utilizan una descripción fenoménica de autor como las nosografías psiquiátricas del siglo pasado, las que toman como dimensiones la presencia y/o ausencia de determinados significantes estructurales y estructurantes como el psicoanálisis, las que aprehenden su sentido a partir del valor experiencial disciplinar. Diferentes tipos de construcción de diagnósticos que se agregan a otros posibles pero que marcan la gran diversidad que existe en el acercamiento a la realidad profesional y laboral de cada día.
En psicoanálisis, el tema del diagnóstico es realmente un problema, y es así como deberíamos tomarlo desde un principio. Freud, además de plantear al sujeto del inconsciente, hilvana la cura con las asociaciones que trae el paciente. En este sentido, el diagnóstico dicho por un profesional que tiene el saber de catalogación del otro y que no lo pone en circulación dentro del tratamiento no estaría dentro del campo propiamente psicoanalítico. Por esto, el trabajo con las categorías creadas por el psicoanálisis son una paradoja, pues sirven y al mismo obstaculizan la escucha del analista. Construir un diagnóstico es ponerlo a prueba, es construir y dejar que esa verdad se hunda en lo real de la clínica. El diagnóstico está en el centro de una dialéctica que ya Freud apunta hablando de las diferencias entre investigación y tratamiento en el trabajo analítico y sostiene que no hay que apresurarse con el diagnóstico. Alerta contra quienes elaboran diagnósticos instantáneos que se los arrojan a los pacientes en las primeras entrevistas y los llama “tratamientos a la carrera”. Y sostiene que la comunicación prematura del diagnóstico pone fin prematuramente a la cura, o por las resistencias que esto genera o por la resolución de las cuestiones que lo llevaban a llevar adelante un tratamiento.
El diagnóstico es un problema, en tanto comienzo de una investigación y un tratamiento posible, resulta necesario ser pensando en sus cimientos, ¿cómo ha ser construído?, ¿a quién tiene enfrente? y ¿en qué momento es posible de ser dicho? El diagnóstico es enunciado para ponerlo a circular como un elemento más de lo acontece entre las asociaciones de un analizante y la presencia de un analista, ahí.
[i] Descartes, René: Discurso del Método, Alianza Editorial, Madrid, pág. 80.
Descartes, desde el comienzo de la Modernidad, ubica la diferencia entre algunos hombres que pueden hurgar en los cimientos de la verdad, la autoridad, el saber; y muchos otros que deben contentarse con un camino ya trazado. Dice: “Los que mayores dones hayan recibido de Dios tendrán quizá designios más altos; pero me temo que aun este mismo es por demás atrevido para muchos. La mera resolución de deshacerse de todas las opiniones recibidas anteriormente no es un ejemplo que todos deban seguir”[i].
La Modernidad que intenta plantear como fundante que todos tenemos razón en tanto subjetividad que piensa, termina ubicando que no todos podemos conducirla hacia la verdad y el saber como principio de la propia experiencia. Diferencia así un diagnóstico fundamentado, buceador de su propia génesis, de un diagnóstico repetitivo, marcado por un consenso engañoso que no permite perdernos en la incertidumbre propia de lo humano. Este camino ya no es la la pregunta por la verdad sino la “normalización”, como diría Foucault, que nos imponen seguir.
Y esto también ocurre con los diagnósticos en nuestra especialidad, los hay pesados como normas y también los hay curiosos del saber y de las palabras verdaderas. Por un lado, existen diagnósticos que borran la subjetividad del diagnosticado convirtiéndolo en espectador del sonido incuestionable de la verdad, por otro lado, también existen diagnósticos que hacen aparecer la cuestión personal tanto del diagnosticador como del diagnosticado, se trata de la construcción de un saber que gana un recorrido a la incertidumbre pero que pronto volverá a la acechanza de lo incierto.
Existen algunos profesionales que se la pasan diagnosticando y otros para los cuales diagnosticar es mala palabra. No se trata solamente de la posición teórica que adhieran y de su gusto por diagnosticar sino de la posición que tengan en relación al dilema de la Modernidad y de nuestra actualidad.
-1-
El diagnóstico se utiliza en todas las ramas del saber, es transdiciplinario, en medicina, en economía, en política, etc... En todas esas disciplinas se intenta determinar como está funcionando un sistema en relación a una normalidad ideal de funcionamiento. De aquí el problema de diagnosticar en salud mental. La norma ideal es un entidad abstracta y muy susceptible a los cambios históricos y anímicos. Además el diagnosticador está incluído dentro del campo a investigar, cuestionando la idea de objetividad. Pero todos estos no son los problemas más complejos. Hay niveles de construcción de diagnósticos en salud mental que no hay que perder de vista. Hay diagnósticos que se dicen entre bambalinas y otros en los congresos internacionales. Tampoco es lo mismo quien es el sujeto a diagnósticar. Un diagnóstico toma en cuenta a quien tiene enfrente. Muchas investigaciones han demostrado que es más frecuente diagnosticar, por ejemplo, como adicto a un joven, clase baja, sin ocupación conocida, que fuma marihuana y toma pastillas con alcohol que a un exitoso empresario de clase alta que utiliza la cocaína para mejorar su rendimiento laboral.
Todas estas cuestiones son introductorias al tema propia del diagnóstico en nuestro campo de trabajo. En él, el diagnóstico constituye un punto imprescindible en la dirección de una cura. Existen diferentes clases de diagnósticos que toman diferentes perspectivas: los que utilizan dimensiones catalogadores por consenso de síntomas y signos como los DSM, las que utilizan una descripción fenoménica de autor como las nosografías psiquiátricas del siglo pasado, las que toman como dimensiones la presencia y/o ausencia de determinados significantes estructurales y estructurantes como el psicoanálisis, las que aprehenden su sentido a partir del valor experiencial disciplinar. Diferentes tipos de construcción de diagnósticos que se agregan a otros posibles pero que marcan la gran diversidad que existe en el acercamiento a la realidad profesional y laboral de cada día.
En psicoanálisis, el tema del diagnóstico es realmente un problema, y es así como deberíamos tomarlo desde un principio. Freud, además de plantear al sujeto del inconsciente, hilvana la cura con las asociaciones que trae el paciente. En este sentido, el diagnóstico dicho por un profesional que tiene el saber de catalogación del otro y que no lo pone en circulación dentro del tratamiento no estaría dentro del campo propiamente psicoanalítico. Por esto, el trabajo con las categorías creadas por el psicoanálisis son una paradoja, pues sirven y al mismo obstaculizan la escucha del analista. Construir un diagnóstico es ponerlo a prueba, es construir y dejar que esa verdad se hunda en lo real de la clínica. El diagnóstico está en el centro de una dialéctica que ya Freud apunta hablando de las diferencias entre investigación y tratamiento en el trabajo analítico y sostiene que no hay que apresurarse con el diagnóstico. Alerta contra quienes elaboran diagnósticos instantáneos que se los arrojan a los pacientes en las primeras entrevistas y los llama “tratamientos a la carrera”. Y sostiene que la comunicación prematura del diagnóstico pone fin prematuramente a la cura, o por las resistencias que esto genera o por la resolución de las cuestiones que lo llevaban a llevar adelante un tratamiento.
El diagnóstico es un problema, en tanto comienzo de una investigación y un tratamiento posible, resulta necesario ser pensando en sus cimientos, ¿cómo ha ser construído?, ¿a quién tiene enfrente? y ¿en qué momento es posible de ser dicho? El diagnóstico es enunciado para ponerlo a circular como un elemento más de lo acontece entre las asociaciones de un analizante y la presencia de un analista, ahí.
[i] Descartes, René: Discurso del Método, Alianza Editorial, Madrid, pág. 80.
Etiquetas:
El problema del diagnóstico,
modernidad,
psicoanálisis
sábado, 9 de mayo de 2009
La psicofarmacología destrona la locura
Un día lo invitamos a Episteme a Federico Pavlovsky, él nos contó que a finales del 2006 unos amigos le pidieron que escribiera en la revista XXXX acerca de lo que pasaba entre los médicos que no son aún psiquiatras y los visitadores médicos. Fue un texto que levantó polémica. Sostenía que era tan importante en los primeros días de llegada al hospital saludar al jefe de servicio como darle la mano y decirle el número de matrícula al visitador médico que espera al recién llegado, al psiquiatra que aún no lo es, en la misma puerta del hospital. Contaba cómo les daban desde biromes, viajes internacionales a congresos, posibilidad de publicar textos científicos y hasta dinero para llevar adelante protocolos científicos. Él se preguntaba en este texto si esto no podía llevar a que los psiquiatras no recetaran los psicofármacos que estos visitadores representaban, si no había un ida y vuelta, y él se respondía que a él sí podía sesgar su mirada en relación a un fármaco u a otro.
El debate sigue siendo polémico por muchas aristas, una personal para Federico y era que mientras estaba acá con nosotros hablando podría estar en el congreso internacional de psiquiatría que en el 2007 se hizo en San Diego. La repercusión de la nota lo había dejado a pie. Si no hubiera escrito ese texto, sin lugar a dudas la industria psicofarmacológica no hubiera tenido ningún problema en darle el dinero para la inscripción, los viáticos, y la hotelería para él y para los doscientos psiquiatras que finalmente fueron al congreso.
Una personal para mí que lo escuchaba, recién había terminado el libro “Tiempo de atención. Que hacer después de recibirse en el campo de la salud mental” (Letra Viva, 2007) donde intentaba cerrar el capítulo de una investigación que había realizado durante más de diez años acerca del tema de la inserción profesional de los recién recibidos y ahora caía en el cuenta de que no había tomado en cuenta a personajes importantes de la realidad laboral hospitalaria como eran los visitadores médicos ni tampoco qué sentían y vivían los recién recibidos en medicina que elegían formarse en la especialidad psiquiátrica.
Un tema fue abriendo otros temas, y este texto es el resultado de este nuevo capítulo que si bien se puede leer como continuación de aquella extensa investigación fue tomando un cariz novedoso.
Un tema abrió otros temas, aparecieron otros cómo las diferentes maneras de llevar a cabo diagnósticos en salud mental. Resulta una situación muy frecuente en salud mental que un paciente nos pregunta acerca de su diagnóstico, nosotros deberíamos preguntarles qué tipo de diagnóstico quiere porque en salud mental existen al menos cinco tipos de diagnósticos diferentes. Deberíamos preguntar qué diagnósticos querés: el psicofarmacológico, el de trastornos, el de patologías, el de contexto, el poético.
Por último otro tema que pasa por el gusto y la pertinencia me llevó a leer el libro EL PODER PSIQUIÁTRICO de Michel Foucault, un seminario de 1974 donde estudia con su inteligencia y brillantez características la escena de nacimiento de la psiquiatría a comienzos del siglo XIX. Esto nos permitirá tomarlo como referencia para llegar a nuestro objetivo que es describir el poder psiquiátrico en la actualidad.
Es a comienzos de ese siglo cuando la psiquiatría es validada dentro del campo médico pero no deja de ser sorprendente constatar la enorme divergencia que existe entre el saber que se produce acerca de la locura y el poder de disciplinamiento que se lleva adelante en el cuerpo de los alienados.
-1-
Salud mental.
Un médico que recién sale de la facultad decide meterse en el campo de la salud mental. El órgano del raciocinium no se sabe dónde esta ubicado, no es un órgano a la manera del método anatomopatológico donde el órgano se deja atravesar por el escalpelo en la mesa de la autopsia, y donde se puede objetivar un funcionamiento y lesiones que llevaron de la enfermedad a la muerte. Murió por esto. Es la objetivación de una localización de un órgano que deja de funcionar.
Un día lo invitamos a Episteme a Federico Pavlovsky, él nos contó que a finales del 2006 unos amigos le pidieron que escribiera en la revista XXXX acerca de lo que pasaba entre los médicos que no son aún psiquiatras y los visitadores médicos. Fue un texto que levantó polémica. Sostenía que era tan importante en los primeros días de llegada al hospital saludar al jefe de servicio como darle la mano y decirle el número de matrícula al visitador médico que espera al recién llegado, al psiquiatra que aún no lo es, en la misma puerta del hospital. Contaba cómo les daban desde biromes, viajes internacionales a congresos, posibilidad de publicar textos científicos y hasta dinero para llevar adelante protocolos científicos. Él se preguntaba en este texto si esto no podía llevar a que los psiquiatras no recetaran los psicofármacos que estos visitadores representaban, si no había un ida y vuelta, y él se respondía que a él sí podía sesgar su mirada en relación a un fármaco u a otro.
El debate sigue siendo polémico por muchas aristas, una personal para Federico y era que mientras estaba acá con nosotros hablando podría estar en el congreso internacional de psiquiatría que en el 2007 se hizo en San Diego. La repercusión de la nota lo había dejado a pie. Si no hubiera escrito ese texto, sin lugar a dudas la industria psicofarmacológica no hubiera tenido ningún problema en darle el dinero para la inscripción, los viáticos, y la hotelería para él y para los doscientos psiquiatras que finalmente fueron al congreso.
Una personal para mí que lo escuchaba, recién había terminado el libro “Tiempo de atención. Que hacer después de recibirse en el campo de la salud mental” (Letra Viva, 2007) donde intentaba cerrar el capítulo de una investigación que había realizado durante más de diez años acerca del tema de la inserción profesional de los recién recibidos y ahora caía en el cuenta de que no había tomado en cuenta a personajes importantes de la realidad laboral hospitalaria como eran los visitadores médicos ni tampoco qué sentían y vivían los recién recibidos en medicina que elegían formarse en la especialidad psiquiátrica.
Un tema fue abriendo otros temas, y este texto es el resultado de este nuevo capítulo que si bien se puede leer como continuación de aquella extensa investigación fue tomando un cariz novedoso.
Un tema abrió otros temas, aparecieron otros cómo las diferentes maneras de llevar a cabo diagnósticos en salud mental. Resulta una situación muy frecuente en salud mental que un paciente nos pregunta acerca de su diagnóstico, nosotros deberíamos preguntarles qué tipo de diagnóstico quiere porque en salud mental existen al menos cinco tipos de diagnósticos diferentes. Deberíamos preguntar qué diagnósticos querés: el psicofarmacológico, el de trastornos, el de patologías, el de contexto, el poético.
Por último otro tema que pasa por el gusto y la pertinencia me llevó a leer el libro EL PODER PSIQUIÁTRICO de Michel Foucault, un seminario de 1974 donde estudia con su inteligencia y brillantez características la escena de nacimiento de la psiquiatría a comienzos del siglo XIX. Esto nos permitirá tomarlo como referencia para llegar a nuestro objetivo que es describir el poder psiquiátrico en la actualidad.
Es a comienzos de ese siglo cuando la psiquiatría es validada dentro del campo médico pero no deja de ser sorprendente constatar la enorme divergencia que existe entre el saber que se produce acerca de la locura y el poder de disciplinamiento que se lleva adelante en el cuerpo de los alienados.
-1-
Salud mental.
Un médico que recién sale de la facultad decide meterse en el campo de la salud mental. El órgano del raciocinium no se sabe dónde esta ubicado, no es un órgano a la manera del método anatomopatológico donde el órgano se deja atravesar por el escalpelo en la mesa de la autopsia, y donde se puede objetivar un funcionamiento y lesiones que llevaron de la enfermedad a la muerte. Murió por esto. Es la objetivación de una localización de un órgano que deja de funcionar.
Este órgano es inexplicable y si se lo ponen a pensar también podemos decir que es una monstruosidad. El otro día leía un precioso libro de Esther Díaz “El himen como obstáculo epistemológico” y me llamó la atención este texto acerca del himen:
“Esa piel inútil parecía delatar un error de la naturaleza que, a pesar de su sabiduría, inexplicablemente, también produce monstruosidades”[1].
Hay cosas inútiles en el hombre y en la mujer. Como el himen. La salud mental no es justamente algo que podría considerarse inútil pero sí tiene algo de inexplicable. La salud mental es cómo el alma del hombre, tiene algo de inasible, de no comprobable, de incierto, de mentiroso, de melancólico, de suicida, de perverso. No se comporta como lo realiza por lo general la mayoría del reino animal y vegetal. El ser humano tiene órganos que no se saben para qué están. Y quizás el órgano del raciocinium sea uno de ellos.
Los psiquiatras que aún no lo son se meten en este campo de trabajo, ¿qué les va a pasar? ¿Qué transformación se llevarán a cabo en su cuerpo? ¿Qué deformaciones profesionales tendrán? ¿Cómo se relacionará su vida profesional con su vida personal? Todas estas preguntas intenté responderlas hablando del psicólogo pero ahora la escritura y la investigación me llevaba para nuestros hermanos los psiquiatras. Un psicólogo que recién se recibe cuando entra al campo laboral dice: “No me siento preparado”. Un psiquiatra que áun no lo es dice: “No sé nada de esto”. La aceptación de una carencia les trae dificultades en el plano de la identidad profesional, porque han sido formados en la carrera de grado en relación a la posesión y administración de un saber y de una sistematización de la práctica que conduce a la restitución del estado de salud. Un problema identitario en el comienzo de su práctica. Es casi el destino de la disciplina psiquiátrica que tuvo también que sufrir mucho para ser aceptada dentro de las especialidades médicas validadas.
¿De qué se agarra?
Del manual, de los compañeros de trabajo. Pero hay algo que lo dijo con claridad Federico Pavlovsky, se agarran de las muestras gratis que traen en sus maletines los gratísimos y siempre bien predispuestos visitadores médicos. Esas muestras gratis consiguen un doble objetivo: por un lado son muy pedidas por los pacientes, son agradecidas y esperadas por ellos y por otro, se trata de un objeto, el “psicofarmacón” que permite el reconocimiento de los psiquiatras en una identidad profesional. Esta aceptación del paciente le da un campo profesional e identitario.
El psiquiatra que áun no es psiquiatra se descubre siendo primero un psicofarmacólogo. No podemos decir con claridad que la identidad del psicofarmacólogo se anticipa a la identidad del psiquiatra porque uno y otro están íntimamente ligados pero esto no fue así desde siempre, es más solamente tiene cincuenta años de vida.
Lo que estamos pensando va más allá de pensar en los psiquiatras particularizados con nombre y apellido, lo que ocurre con la disciplina psiquiátrica en su relación con la psicofarmacología implica a todos los profesionales que trabajan en el ámbito de la salud mental como también a otros especialistas no graduados y a pacientes. Lo que sí aparece en el diagnóstico psicofarmacológico son nombres y apellidos de los fármacos. Los apellidos nos los enseñan a todos, están la familia de los antipsicóticos, de las benzodiacepinas, de los antidepresivos, de los estabilizadores del ánimo con el viejo litio a su cabeza. Los nombres serán muchos pero el apellido que los reúne son pocos y muy reconocibles.
Los médicos que aún no son psiquiatras aprenden rápidamente los pormenores de los ajustes de la medicación, de los controles, de la forma adecuada de presentar los psicofármacos a cada tipo de paciente. Se introducen a la historia y rápidamente conocen que la psicofarmacología tiene pocos décadas de vida, y que su nacimiento tiene una paradoja, surgió en el preciso momento que se necesitaba pero su descubrimiento no se hizo sino por azar, más que por azar, por equivocación. La experimentación en el campo humano tiene que seguir estrictos protocolos, primero se trata de investigar en animales y después de mucho investigar se puede hacer pruebas pilotos en seres humanos debidamente anoticiados de la incertidumbre de sus resultados. Todos estos pasos fueron sorteados, el error humano lleva a darle sin quererlo una medicación que estaba estudiada para una cosa y termina sirviendo para otra. El descubrimiento de la sustancia química tiene que recorrer un largo camino para convertirse en una técnica instrumentada propia de alguna de las ramas de la medicina. Y mientras tanto, esa sustancia vaga por los cuerpos y las equivocaciones de quienes prescriben ese fármaco y muchas veces ni siquiera esperan el resultado y mucho menos contrastan los resultados con placebos. La psicofarmacología nace por equivocación en el preciso momento que se piensa en la necesidad de ella. Rara casualidad[2].
En salud mental, las palabras que se dicen en la dirección de una cura son equívocas, en cambio las medicaciones pueden estar equivocadas. La equivocación es parte intrínseca de la historia de la psiquiatría de estos últimos cincuenta años. Y sigue siéndolo.
La medicación antipsicótica ha vuelto incuestionable los resultados de la psicofarmacología. Todo médico que aún no es psiquiatra prepara el cocktail medicamentoso y solamente le falta la ocasión y el psicótico adecuado para mostrar, nada más y nada menos, que la locura ya no existe, al mismo tiempo que la psicosis cobra un lugar estelar. Ahora algunos grandes personajes de las letras y de la pintura han sido psicóticos y esto los llevó a que su producción artística no solamente les sirviera como muleta sino que la humanidad obtuviera consuelo frente a un siglo cuya crueldad no psicótica ha sido arrolladora. Hoy se estudia cómo ese personaje que torturó y picaneó puede ser un buen padre de familia, amoroso con sus hijos al mismo tiempo que aniquilador de jóvenes de veinte años u otros padres de familia. Esos mecanismos no psicóticos que dejan a la psicosis en un lugar estelar pero insignificante. Ahora ya estaban las medicaciones para que su desarrollo se produjera con sordina, o en el campo del desarrollo artístico.
La psicofarmacología destrona a la locura, despega al psiquiatra, del delirio, del cuerpo del loco. Foucault estudia cómo en la escena del nacimiento de la psiquiatría a comienzos del siglo XIX, el cuerpo del psiquiatra es elevado a la categoría de una marca que registra el delirio del loco contrastándolo con el poder de la realidad que él mismo encarnaba. Se plantea una lucha entre la razonabilidad del psiquiatra con el delirio del loco, esa razonabilidad tiene el poder de la realidad. Freud hablaba del principio de realidad, Foucault del poder de la realidad enfrentada contra el delirio del loco. Allí se ubican los mecanismos disciplinares que se llevan adelante sobre el cuerpo del loco. El loco despojado de todos los derechos igualitarios que la modernidad había izado como estandarte del nuevo tiempo histórico, queda despojado y sólo ante una maquinaria institucional donde no solamente esta el psiquiatra sino los vigilantes, los ayudantes y el mismo dispositivo asilar. Estos mecanismos externos apuntan a generar una nueva gama de conflictos esta vez en el loco entre lo inquebrantable de su delirio y el temor al castigo.
La psicofarmacología ha desencadenado a la locura de su tratamiento asilar. Es la realización del ideal que tanto ha perseguido la antipsiquiatría en los primeras décadas del siglo XX.
Cuando aparece la psicofarmacología en 1955 esto queda obsoleto, aparece un nuevo dispositivo que cerca el tema de la locura. La podemos nombrar como una revolución humanitaria. Los métodos que comenzó a utilizar la psiquiatría en el siglo XIX, Foucault dice que no debería ser llamada como humanitaria aunque el cambio que acontece con los métodos anteriores son mucho menos cruentos, utilizan sobre todo la persuasión sobre los castigos directos. Y solamente al final del camino persuasivo se encuentra la amenaza corporal. Pero ¿podemos llamar al “método dulce” que promueven el método psicofarmacológico como una revolución humanitaria en el campo de la salud mental?
Veremos que no es así. Los mecanismos disciplinares cambian y ahora, la locura no se muestra a la luz del día, los asilos terminaron siendo un depósito de almas que no tienen adónde ir y la psiquiatría ha llegado a su fin.
La psicofarmacología no es esa revolución humanitaria que nos justifican con la historia de los métodos terapéuticos de tratamiento de la locura. Más allá de la disquinesia tardía[3]. La psicofarmacología implica a la equivocación y también a los asilos manicomiales donde se pueden probar los psicofármacos sin los alcances legales del derecho individual.
Y ¿qué significa eso del fin de la psiquiatría?
Es un significante que marca tanto el final al mismo tiempo que su realización. La psiquiatría es más que nunca la marca de un psiquiatra y no la de una especialidad.
Allouch habla de la misma denominación misma de psiquiatría. “En medicina tenemos la neurología, la pneumología, la cardiología, etc., términos todos donde el uso de logos (razón) como sufijo está justificado por el hecho de que en cada caso nos enfrentamos a un objeto bine consitutidio, a un “aparato”: el sistema nervioso, el respiratorio, el sanguineo, etc. Enc ambio, se usa “iatros” (médico) cuando el objeto no está bien delimitado, cuando no se trata de un aparato”[4]. Con el termino iatros se pone en el centro del foco a la figura misma del médico y no del aparato que constituye el diseño de su objeto. Se podría haber llamado psicología médica a la psiquiatría si hubieran podido localizar un aparato psíquico en vez del ublicuo órgano del raciocinium.
[1] Diaz, Esther: El himen como obstáculo epistemológico, Biblos Narrativa, Buenos Aires, 2005, Página 75
[2] N. de A.: El psicoanálisis lo llamaría profecía autocumplida. Esa profecía autocumplida tiene bajo su tutela tanto al error humano como al destino. El destino en el mismo momento que erraba conseguía su propósito más apetecido.
[3] Las medicaciones psicofarmacológicos dan efectos adversos, afectan al sistema extrapiramidal, es la que interviene en la regulación de la motilidad involuntaria.
[4] Allouch, Jean, El psicoanálisis ¿es un ejercicio espiritual? Respuesa a Michel Foucault, El cuenco del Plata, 1er. Edición, Buenos Aires, 2007.
“Esa piel inútil parecía delatar un error de la naturaleza que, a pesar de su sabiduría, inexplicablemente, también produce monstruosidades”[1].
Hay cosas inútiles en el hombre y en la mujer. Como el himen. La salud mental no es justamente algo que podría considerarse inútil pero sí tiene algo de inexplicable. La salud mental es cómo el alma del hombre, tiene algo de inasible, de no comprobable, de incierto, de mentiroso, de melancólico, de suicida, de perverso. No se comporta como lo realiza por lo general la mayoría del reino animal y vegetal. El ser humano tiene órganos que no se saben para qué están. Y quizás el órgano del raciocinium sea uno de ellos.
Los psiquiatras que aún no lo son se meten en este campo de trabajo, ¿qué les va a pasar? ¿Qué transformación se llevarán a cabo en su cuerpo? ¿Qué deformaciones profesionales tendrán? ¿Cómo se relacionará su vida profesional con su vida personal? Todas estas preguntas intenté responderlas hablando del psicólogo pero ahora la escritura y la investigación me llevaba para nuestros hermanos los psiquiatras. Un psicólogo que recién se recibe cuando entra al campo laboral dice: “No me siento preparado”. Un psiquiatra que áun no lo es dice: “No sé nada de esto”. La aceptación de una carencia les trae dificultades en el plano de la identidad profesional, porque han sido formados en la carrera de grado en relación a la posesión y administración de un saber y de una sistematización de la práctica que conduce a la restitución del estado de salud. Un problema identitario en el comienzo de su práctica. Es casi el destino de la disciplina psiquiátrica que tuvo también que sufrir mucho para ser aceptada dentro de las especialidades médicas validadas.
¿De qué se agarra?
Del manual, de los compañeros de trabajo. Pero hay algo que lo dijo con claridad Federico Pavlovsky, se agarran de las muestras gratis que traen en sus maletines los gratísimos y siempre bien predispuestos visitadores médicos. Esas muestras gratis consiguen un doble objetivo: por un lado son muy pedidas por los pacientes, son agradecidas y esperadas por ellos y por otro, se trata de un objeto, el “psicofarmacón” que permite el reconocimiento de los psiquiatras en una identidad profesional. Esta aceptación del paciente le da un campo profesional e identitario.
El psiquiatra que áun no es psiquiatra se descubre siendo primero un psicofarmacólogo. No podemos decir con claridad que la identidad del psicofarmacólogo se anticipa a la identidad del psiquiatra porque uno y otro están íntimamente ligados pero esto no fue así desde siempre, es más solamente tiene cincuenta años de vida.
Lo que estamos pensando va más allá de pensar en los psiquiatras particularizados con nombre y apellido, lo que ocurre con la disciplina psiquiátrica en su relación con la psicofarmacología implica a todos los profesionales que trabajan en el ámbito de la salud mental como también a otros especialistas no graduados y a pacientes. Lo que sí aparece en el diagnóstico psicofarmacológico son nombres y apellidos de los fármacos. Los apellidos nos los enseñan a todos, están la familia de los antipsicóticos, de las benzodiacepinas, de los antidepresivos, de los estabilizadores del ánimo con el viejo litio a su cabeza. Los nombres serán muchos pero el apellido que los reúne son pocos y muy reconocibles.
Los médicos que aún no son psiquiatras aprenden rápidamente los pormenores de los ajustes de la medicación, de los controles, de la forma adecuada de presentar los psicofármacos a cada tipo de paciente. Se introducen a la historia y rápidamente conocen que la psicofarmacología tiene pocos décadas de vida, y que su nacimiento tiene una paradoja, surgió en el preciso momento que se necesitaba pero su descubrimiento no se hizo sino por azar, más que por azar, por equivocación. La experimentación en el campo humano tiene que seguir estrictos protocolos, primero se trata de investigar en animales y después de mucho investigar se puede hacer pruebas pilotos en seres humanos debidamente anoticiados de la incertidumbre de sus resultados. Todos estos pasos fueron sorteados, el error humano lleva a darle sin quererlo una medicación que estaba estudiada para una cosa y termina sirviendo para otra. El descubrimiento de la sustancia química tiene que recorrer un largo camino para convertirse en una técnica instrumentada propia de alguna de las ramas de la medicina. Y mientras tanto, esa sustancia vaga por los cuerpos y las equivocaciones de quienes prescriben ese fármaco y muchas veces ni siquiera esperan el resultado y mucho menos contrastan los resultados con placebos. La psicofarmacología nace por equivocación en el preciso momento que se piensa en la necesidad de ella. Rara casualidad[2].
En salud mental, las palabras que se dicen en la dirección de una cura son equívocas, en cambio las medicaciones pueden estar equivocadas. La equivocación es parte intrínseca de la historia de la psiquiatría de estos últimos cincuenta años. Y sigue siéndolo.
La medicación antipsicótica ha vuelto incuestionable los resultados de la psicofarmacología. Todo médico que aún no es psiquiatra prepara el cocktail medicamentoso y solamente le falta la ocasión y el psicótico adecuado para mostrar, nada más y nada menos, que la locura ya no existe, al mismo tiempo que la psicosis cobra un lugar estelar. Ahora algunos grandes personajes de las letras y de la pintura han sido psicóticos y esto los llevó a que su producción artística no solamente les sirviera como muleta sino que la humanidad obtuviera consuelo frente a un siglo cuya crueldad no psicótica ha sido arrolladora. Hoy se estudia cómo ese personaje que torturó y picaneó puede ser un buen padre de familia, amoroso con sus hijos al mismo tiempo que aniquilador de jóvenes de veinte años u otros padres de familia. Esos mecanismos no psicóticos que dejan a la psicosis en un lugar estelar pero insignificante. Ahora ya estaban las medicaciones para que su desarrollo se produjera con sordina, o en el campo del desarrollo artístico.
La psicofarmacología destrona a la locura, despega al psiquiatra, del delirio, del cuerpo del loco. Foucault estudia cómo en la escena del nacimiento de la psiquiatría a comienzos del siglo XIX, el cuerpo del psiquiatra es elevado a la categoría de una marca que registra el delirio del loco contrastándolo con el poder de la realidad que él mismo encarnaba. Se plantea una lucha entre la razonabilidad del psiquiatra con el delirio del loco, esa razonabilidad tiene el poder de la realidad. Freud hablaba del principio de realidad, Foucault del poder de la realidad enfrentada contra el delirio del loco. Allí se ubican los mecanismos disciplinares que se llevan adelante sobre el cuerpo del loco. El loco despojado de todos los derechos igualitarios que la modernidad había izado como estandarte del nuevo tiempo histórico, queda despojado y sólo ante una maquinaria institucional donde no solamente esta el psiquiatra sino los vigilantes, los ayudantes y el mismo dispositivo asilar. Estos mecanismos externos apuntan a generar una nueva gama de conflictos esta vez en el loco entre lo inquebrantable de su delirio y el temor al castigo.
La psicofarmacología ha desencadenado a la locura de su tratamiento asilar. Es la realización del ideal que tanto ha perseguido la antipsiquiatría en los primeras décadas del siglo XX.
Cuando aparece la psicofarmacología en 1955 esto queda obsoleto, aparece un nuevo dispositivo que cerca el tema de la locura. La podemos nombrar como una revolución humanitaria. Los métodos que comenzó a utilizar la psiquiatría en el siglo XIX, Foucault dice que no debería ser llamada como humanitaria aunque el cambio que acontece con los métodos anteriores son mucho menos cruentos, utilizan sobre todo la persuasión sobre los castigos directos. Y solamente al final del camino persuasivo se encuentra la amenaza corporal. Pero ¿podemos llamar al “método dulce” que promueven el método psicofarmacológico como una revolución humanitaria en el campo de la salud mental?
Veremos que no es así. Los mecanismos disciplinares cambian y ahora, la locura no se muestra a la luz del día, los asilos terminaron siendo un depósito de almas que no tienen adónde ir y la psiquiatría ha llegado a su fin.
La psicofarmacología no es esa revolución humanitaria que nos justifican con la historia de los métodos terapéuticos de tratamiento de la locura. Más allá de la disquinesia tardía[3]. La psicofarmacología implica a la equivocación y también a los asilos manicomiales donde se pueden probar los psicofármacos sin los alcances legales del derecho individual.
Y ¿qué significa eso del fin de la psiquiatría?
Es un significante que marca tanto el final al mismo tiempo que su realización. La psiquiatría es más que nunca la marca de un psiquiatra y no la de una especialidad.
Allouch habla de la misma denominación misma de psiquiatría. “En medicina tenemos la neurología, la pneumología, la cardiología, etc., términos todos donde el uso de logos (razón) como sufijo está justificado por el hecho de que en cada caso nos enfrentamos a un objeto bine consitutidio, a un “aparato”: el sistema nervioso, el respiratorio, el sanguineo, etc. Enc ambio, se usa “iatros” (médico) cuando el objeto no está bien delimitado, cuando no se trata de un aparato”[4]. Con el termino iatros se pone en el centro del foco a la figura misma del médico y no del aparato que constituye el diseño de su objeto. Se podría haber llamado psicología médica a la psiquiatría si hubieran podido localizar un aparato psíquico en vez del ublicuo órgano del raciocinium.
[1] Diaz, Esther: El himen como obstáculo epistemológico, Biblos Narrativa, Buenos Aires, 2005, Página 75
[2] N. de A.: El psicoanálisis lo llamaría profecía autocumplida. Esa profecía autocumplida tiene bajo su tutela tanto al error humano como al destino. El destino en el mismo momento que erraba conseguía su propósito más apetecido.
[3] Las medicaciones psicofarmacológicos dan efectos adversos, afectan al sistema extrapiramidal, es la que interviene en la regulación de la motilidad involuntaria.
[4] Allouch, Jean, El psicoanálisis ¿es un ejercicio espiritual? Respuesa a Michel Foucault, El cuenco del Plata, 1er. Edición, Buenos Aires, 2007.
Etiquetas:
muestra gratis,
psicofarmacología,
psiquiatras que aún no lo son
miércoles, 6 de mayo de 2009
Una noticia sobre estómagos y ciencia
De una fórmula química se espera que tenga determinados resultados. Más allá de quién sea el que tome la pastilla. No puede haber pastilla uno por uno. Sería un despropósito, una monstruosidad lógica, sin embargo, las pastillas se metabolizan en un estómago que pertenece a un sujeto.
El sujeto del psicoanálisis tiene estómago. En cambio, el sujeto de la ciencia, no. La ciencia, al espacio en que se metaboliza las fórmulas químicas, lo denomina “territorio idiosincrásico” o sea, efecto indeseado debido a la peculiar sensibilidad de un individuo. Ya no hablamos de sujeto. Idiosincrasia es la forma particular como un individuo reacciona frente a los efectos esperados y normativizados de un fármaco. Si la fórmula no funciona como está estadísticamente probado, se trata de lo indeseado de las particularidades de un individuo. Deberíamos ser todos iguales para que los fármacos puedan trabajar sin molestias indeseadas, sin estómagos, riñones, intestinos; no estadísticamente cercanos a las medidas de tendencia central.
La ciencia tiene en su horizonte de mirada algo que para el resto de los mortales es una quimera y hasta una monstruosidad: la clonación, la posibilidad de que seamos todos iguales, es más tiene en su ideario la homoclonación. La ciencia se basa en esta utopía, la generación de hombres y mujeres con un mapa genético bien calcado sobre un modelo definido.
El otro día leí una noticia que decía que se había podido armar un ADN que preserve de futuras enfermedades a las mujeres, o sea a mujeres aún no nacidas, de probables patologías como la posibilidad de adquirir el cáncer de mama. Mujeres aún no nacidas inmunizadas desde antes de la génesis (¿pregénesis?) contra un tipo de dolor en su mismo seno. Y lo que más me llamó la atención, debe ser éste también un problema idiosincrásico, una particular forma de sensibilidad individual, fue que era una noticia más dentro de un diario.
Martín H. Smud
El sujeto del psicoanálisis tiene estómago. En cambio, el sujeto de la ciencia, no. La ciencia, al espacio en que se metaboliza las fórmulas químicas, lo denomina “territorio idiosincrásico” o sea, efecto indeseado debido a la peculiar sensibilidad de un individuo. Ya no hablamos de sujeto. Idiosincrasia es la forma particular como un individuo reacciona frente a los efectos esperados y normativizados de un fármaco. Si la fórmula no funciona como está estadísticamente probado, se trata de lo indeseado de las particularidades de un individuo. Deberíamos ser todos iguales para que los fármacos puedan trabajar sin molestias indeseadas, sin estómagos, riñones, intestinos; no estadísticamente cercanos a las medidas de tendencia central.
La ciencia tiene en su horizonte de mirada algo que para el resto de los mortales es una quimera y hasta una monstruosidad: la clonación, la posibilidad de que seamos todos iguales, es más tiene en su ideario la homoclonación. La ciencia se basa en esta utopía, la generación de hombres y mujeres con un mapa genético bien calcado sobre un modelo definido.
El otro día leí una noticia que decía que se había podido armar un ADN que preserve de futuras enfermedades a las mujeres, o sea a mujeres aún no nacidas, de probables patologías como la posibilidad de adquirir el cáncer de mama. Mujeres aún no nacidas inmunizadas desde antes de la génesis (¿pregénesis?) contra un tipo de dolor en su mismo seno. Y lo que más me llamó la atención, debe ser éste también un problema idiosincrásico, una particular forma de sensibilidad individual, fue que era una noticia más dentro de un diario.
Martín H. Smud
miércoles, 22 de abril de 2009
Comienzo de comunicación
Queridos amigos:
Diagnosticar, cómo diagnósticamos cuando trabajamos en el área clínica.
Psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, psicólogos sociales, trabajadores sociales, terapistas ocupaciones, y todo aquel que trabaja en el extenso y apasionante campo de la salud mental, atraviesan el díficil campo del diagnosticar.
La invitación es a participar en un seminario de investigación y escritura.
¿Quién soy yo?
Alguien que se mueve en su asiento cuando le piden un diagnóstico y me pregunto qué me están pidiendo porque hay cantidad de modos de diagnosticar en salud mental.
Llevo dos años investigando el tema y los textos que continúan tienen el doble objetivo de mostrar a quienes desean participar qué es lo que vamos a hacer y por otro comenzar a mostrar algunos avances de lo que venimos realizando.
Diagnosticar, cómo diagnósticamos cuando trabajamos en el área clínica.
Psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, psicólogos sociales, trabajadores sociales, terapistas ocupaciones, y todo aquel que trabaja en el extenso y apasionante campo de la salud mental, atraviesan el díficil campo del diagnosticar.
La invitación es a participar en un seminario de investigación y escritura.
¿Quién soy yo?
Alguien que se mueve en su asiento cuando le piden un diagnóstico y me pregunto qué me están pidiendo porque hay cantidad de modos de diagnosticar en salud mental.
Llevo dos años investigando el tema y los textos que continúan tienen el doble objetivo de mostrar a quienes desean participar qué es lo que vamos a hacer y por otro comenzar a mostrar algunos avances de lo que venimos realizando.
Etiquetas:
introducción,
modos de diagnosticar,
textos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
