sábado, 9 de mayo de 2009

La psicofarmacología destrona la locura

Un día lo invitamos a Episteme a Federico Pavlovsky, él nos contó que a finales del 2006 unos amigos le pidieron que escribiera en la revista XXXX acerca de lo que pasaba entre los médicos que no son aún psiquiatras y los visitadores médicos. Fue un texto que levantó polémica. Sostenía que era tan importante en los primeros días de llegada al hospital saludar al jefe de servicio como darle la mano y decirle el número de matrícula al visitador médico que espera al recién llegado, al psiquiatra que aún no lo es, en la misma puerta del hospital. Contaba cómo les daban desde biromes, viajes internacionales a congresos, posibilidad de publicar textos científicos y hasta dinero para llevar adelante protocolos científicos. Él se preguntaba en este texto si esto no podía llevar a que los psiquiatras no recetaran los psicofármacos que estos visitadores representaban, si no había un ida y vuelta, y él se respondía que a él sí podía sesgar su mirada en relación a un fármaco u a otro.
El debate sigue siendo polémico por muchas aristas, una personal para Federico y era que mientras estaba acá con nosotros hablando podría estar en el congreso internacional de psiquiatría que en el 2007 se hizo en San Diego. La repercusión de la nota lo había dejado a pie. Si no hubiera escrito ese texto, sin lugar a dudas la industria psicofarmacológica no hubiera tenido ningún problema en darle el dinero para la inscripción, los viáticos, y la hotelería para él y para los doscientos psiquiatras que finalmente fueron al congreso.
Una personal para mí que lo escuchaba, recién había terminado el libro “Tiempo de atención. Que hacer después de recibirse en el campo de la salud mental” (Letra Viva, 2007) donde intentaba cerrar el capítulo de una investigación que había realizado durante más de diez años acerca del tema de la inserción profesional de los recién recibidos y ahora caía en el cuenta de que no había tomado en cuenta a personajes importantes de la realidad laboral hospitalaria como eran los visitadores médicos ni tampoco qué sentían y vivían los recién recibidos en medicina que elegían formarse en la especialidad psiquiátrica.
Un tema fue abriendo otros temas, y este texto es el resultado de este nuevo capítulo que si bien se puede leer como continuación de aquella extensa investigación fue tomando un cariz novedoso.

Un tema abrió otros temas, aparecieron otros cómo las diferentes maneras de llevar a cabo diagnósticos en salud mental. Resulta una situación muy frecuente en salud mental que un paciente nos pregunta acerca de su diagnóstico, nosotros deberíamos preguntarles qué tipo de diagnóstico quiere porque en salud mental existen al menos cinco tipos de diagnósticos diferentes. Deberíamos preguntar qué diagnósticos querés: el psicofarmacológico, el de trastornos, el de patologías, el de contexto, el poético.
Por último otro tema que pasa por el gusto y la pertinencia me llevó a leer el libro EL PODER PSIQUIÁTRICO de Michel Foucault, un seminario de 1974 donde estudia con su inteligencia y brillantez características la escena de nacimiento de la psiquiatría a comienzos del siglo XIX. Esto nos permitirá tomarlo como referencia para llegar a nuestro objetivo que es describir el poder psiquiátrico en la actualidad.
Es a comienzos de ese siglo cuando la psiquiatría es validada dentro del campo médico pero no deja de ser sorprendente constatar la enorme divergencia que existe entre el saber que se produce acerca de la locura y el poder de disciplinamiento que se lleva adelante en el cuerpo de los alienados.

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Salud mental.
Un médico que recién sale de la facultad decide meterse en el campo de la salud mental. El órgano del raciocinium no se sabe dónde esta ubicado, no es un órgano a la manera del método anatomopatológico donde el órgano se deja atravesar por el escalpelo en la mesa de la autopsia, y donde se puede objetivar un funcionamiento y lesiones que llevaron de la enfermedad a la muerte. Murió por esto. Es la objetivación de una localización de un órgano que deja de funcionar.
Este órgano es inexplicable y si se lo ponen a pensar también podemos decir que es una monstruosidad. El otro día leía un precioso libro de Esther Díaz “El himen como obstáculo epistemológico” y me llamó la atención este texto acerca del himen:

“Esa piel inútil parecía delatar un error de la naturaleza que, a pesar de su sabiduría, inexplicablemente, también produce monstruosidades”[1].

Hay cosas inútiles en el hombre y en la mujer. Como el himen. La salud mental no es justamente algo que podría considerarse inútil pero sí tiene algo de inexplicable. La salud mental es cómo el alma del hombre, tiene algo de inasible, de no comprobable, de incierto, de mentiroso, de melancólico, de suicida, de perverso. No se comporta como lo realiza por lo general la mayoría del reino animal y vegetal. El ser humano tiene órganos que no se saben para qué están. Y quizás el órgano del raciocinium sea uno de ellos.
Los psiquiatras que aún no lo son se meten en este campo de trabajo, ¿qué les va a pasar? ¿Qué transformación se llevarán a cabo en su cuerpo? ¿Qué deformaciones profesionales tendrán? ¿Cómo se relacionará su vida profesional con su vida personal? Todas estas preguntas intenté responderlas hablando del psicólogo pero ahora la escritura y la investigación me llevaba para nuestros hermanos los psiquiatras. Un psicólogo que recién se recibe cuando entra al campo laboral dice: “No me siento preparado”. Un psiquiatra que áun no lo es dice: “No sé nada de esto”. La aceptación de una carencia les trae dificultades en el plano de la identidad profesional, porque han sido formados en la carrera de grado en relación a la posesión y administración de un saber y de una sistematización de la práctica que conduce a la restitución del estado de salud. Un problema identitario en el comienzo de su práctica. Es casi el destino de la disciplina psiquiátrica que tuvo también que sufrir mucho para ser aceptada dentro de las especialidades médicas validadas.
¿De qué se agarra?
Del manual, de los compañeros de trabajo. Pero hay algo que lo dijo con claridad Federico Pavlovsky, se agarran de las muestras gratis que traen en sus maletines los gratísimos y siempre bien predispuestos visitadores médicos. Esas muestras gratis consiguen un doble objetivo: por un lado son muy pedidas por los pacientes, son agradecidas y esperadas por ellos y por otro, se trata de un objeto, el “psicofarmacón” que permite el reconocimiento de los psiquiatras en una identidad profesional. Esta aceptación del paciente le da un campo profesional e identitario.
El psiquiatra que áun no es psiquiatra se descubre siendo primero un psicofarmacólogo. No podemos decir con claridad que la identidad del psicofarmacólogo se anticipa a la identidad del psiquiatra porque uno y otro están íntimamente ligados pero esto no fue así desde siempre, es más solamente tiene cincuenta años de vida.
Lo que estamos pensando va más allá de pensar en los psiquiatras particularizados con nombre y apellido, lo que ocurre con la disciplina psiquiátrica en su relación con la psicofarmacología implica a todos los profesionales que trabajan en el ámbito de la salud mental como también a otros especialistas no graduados y a pacientes. Lo que sí aparece en el diagnóstico psicofarmacológico son nombres y apellidos de los fármacos. Los apellidos nos los enseñan a todos, están la familia de los antipsicóticos, de las benzodiacepinas, de los antidepresivos, de los estabilizadores del ánimo con el viejo litio a su cabeza. Los nombres serán muchos pero el apellido que los reúne son pocos y muy reconocibles.
Los médicos que aún no son psiquiatras aprenden rápidamente los pormenores de los ajustes de la medicación, de los controles, de la forma adecuada de presentar los psicofármacos a cada tipo de paciente. Se introducen a la historia y rápidamente conocen que la psicofarmacología tiene pocos décadas de vida, y que su nacimiento tiene una paradoja, surgió en el preciso momento que se necesitaba pero su descubrimiento no se hizo sino por azar, más que por azar, por equivocación. La experimentación en el campo humano tiene que seguir estrictos protocolos, primero se trata de investigar en animales y después de mucho investigar se puede hacer pruebas pilotos en seres humanos debidamente anoticiados de la incertidumbre de sus resultados. Todos estos pasos fueron sorteados, el error humano lleva a darle sin quererlo una medicación que estaba estudiada para una cosa y termina sirviendo para otra. El descubrimiento de la sustancia química tiene que recorrer un largo camino para convertirse en una técnica instrumentada propia de alguna de las ramas de la medicina. Y mientras tanto, esa sustancia vaga por los cuerpos y las equivocaciones de quienes prescriben ese fármaco y muchas veces ni siquiera esperan el resultado y mucho menos contrastan los resultados con placebos. La psicofarmacología nace por equivocación en el preciso momento que se piensa en la necesidad de ella. Rara casualidad[2].
En salud mental, las palabras que se dicen en la dirección de una cura son equívocas, en cambio las medicaciones pueden estar equivocadas. La equivocación es parte intrínseca de la historia de la psiquiatría de estos últimos cincuenta años. Y sigue siéndolo.
La medicación antipsicótica ha vuelto incuestionable los resultados de la psicofarmacología. Todo médico que aún no es psiquiatra prepara el cocktail medicamentoso y solamente le falta la ocasión y el psicótico adecuado para mostrar, nada más y nada menos, que la locura ya no existe, al mismo tiempo que la psicosis cobra un lugar estelar. Ahora algunos grandes personajes de las letras y de la pintura han sido psicóticos y esto los llevó a que su producción artística no solamente les sirviera como muleta sino que la humanidad obtuviera consuelo frente a un siglo cuya crueldad no psicótica ha sido arrolladora. Hoy se estudia cómo ese personaje que torturó y picaneó puede ser un buen padre de familia, amoroso con sus hijos al mismo tiempo que aniquilador de jóvenes de veinte años u otros padres de familia. Esos mecanismos no psicóticos que dejan a la psicosis en un lugar estelar pero insignificante. Ahora ya estaban las medicaciones para que su desarrollo se produjera con sordina, o en el campo del desarrollo artístico.
La psicofarmacología destrona a la locura, despega al psiquiatra, del delirio, del cuerpo del loco. Foucault estudia cómo en la escena del nacimiento de la psiquiatría a comienzos del siglo XIX, el cuerpo del psiquiatra es elevado a la categoría de una marca que registra el delirio del loco contrastándolo con el poder de la realidad que él mismo encarnaba. Se plantea una lucha entre la razonabilidad del psiquiatra con el delirio del loco, esa razonabilidad tiene el poder de la realidad. Freud hablaba del principio de realidad, Foucault del poder de la realidad enfrentada contra el delirio del loco. Allí se ubican los mecanismos disciplinares que se llevan adelante sobre el cuerpo del loco. El loco despojado de todos los derechos igualitarios que la modernidad había izado como estandarte del nuevo tiempo histórico, queda despojado y sólo ante una maquinaria institucional donde no solamente esta el psiquiatra sino los vigilantes, los ayudantes y el mismo dispositivo asilar. Estos mecanismos externos apuntan a generar una nueva gama de conflictos esta vez en el loco entre lo inquebrantable de su delirio y el temor al castigo.
La psicofarmacología ha desencadenado a la locura de su tratamiento asilar. Es la realización del ideal que tanto ha perseguido la antipsiquiatría en los primeras décadas del siglo XX.
Cuando aparece la psicofarmacología en 1955 esto queda obsoleto, aparece un nuevo dispositivo que cerca el tema de la locura. La podemos nombrar como una revolución humanitaria. Los métodos que comenzó a utilizar la psiquiatría en el siglo XIX, Foucault dice que no debería ser llamada como humanitaria aunque el cambio que acontece con los métodos anteriores son mucho menos cruentos, utilizan sobre todo la persuasión sobre los castigos directos. Y solamente al final del camino persuasivo se encuentra la amenaza corporal. Pero ¿podemos llamar al “método dulce” que promueven el método psicofarmacológico como una revolución humanitaria en el campo de la salud mental?
Veremos que no es así. Los mecanismos disciplinares cambian y ahora, la locura no se muestra a la luz del día, los asilos terminaron siendo un depósito de almas que no tienen adónde ir y la psiquiatría ha llegado a su fin.
La psicofarmacología no es esa revolución humanitaria que nos justifican con la historia de los métodos terapéuticos de tratamiento de la locura. Más allá de la disquinesia tardía[3]. La psicofarmacología implica a la equivocación y también a los asilos manicomiales donde se pueden probar los psicofármacos sin los alcances legales del derecho individual.
Y ¿qué significa eso del fin de la psiquiatría?
Es un significante que marca tanto el final al mismo tiempo que su realización. La psiquiatría es más que nunca la marca de un psiquiatra y no la de una especialidad.
Allouch habla de la misma denominación misma de psiquiatría. “En medicina tenemos la neurología, la pneumología, la cardiología, etc., términos todos donde el uso de logos (razón) como sufijo está justificado por el hecho de que en cada caso nos enfrentamos a un objeto bine consitutidio, a un “aparato”: el sistema nervioso, el respiratorio, el sanguineo, etc. Enc ambio, se usa “iatros” (médico) cuando el objeto no está bien delimitado, cuando no se trata de un aparato”[4]. Con el termino iatros se pone en el centro del foco a la figura misma del médico y no del aparato que constituye el diseño de su objeto. Se podría haber llamado psicología médica a la psiquiatría si hubieran podido localizar un aparato psíquico en vez del ublicuo órgano del raciocinium.
















[1] Diaz, Esther: El himen como obstáculo epistemológico, Biblos Narrativa, Buenos Aires, 2005, Página 75
[2] N. de A.: El psicoanálisis lo llamaría profecía autocumplida. Esa profecía autocumplida tiene bajo su tutela tanto al error humano como al destino. El destino en el mismo momento que erraba conseguía su propósito más apetecido.
[3] Las medicaciones psicofarmacológicos dan efectos adversos, afectan al sistema extrapiramidal, es la que interviene en la regulación de la motilidad involuntaria.
[4] Allouch, Jean, El psicoanálisis ¿es un ejercicio espiritual? Respuesa a Michel Foucault, El cuenco del Plata, 1er. Edición, Buenos Aires, 2007.




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