domingo, 24 de mayo de 2009

EL PROBLEMA DEL DIAGNÓSTICO

Dar un diagnóstico es entrar a la Modernidad que, con sus nuevas formas de dominio, le “obsequia” un diagnóstico al otro.
Descartes, desde el comienzo de la Modernidad, ubica la diferencia entre algunos hombres que pueden hurgar en los cimientos de la verdad, la autoridad, el saber; y muchos otros que deben contentarse con un camino ya trazado. Dice: “Los que mayores dones hayan recibido de Dios tendrán quizá designios más altos; pero me temo que aun este mismo es por demás atrevido para muchos. La mera resolución de deshacerse de todas las opiniones recibidas anteriormente no es un ejemplo que todos deban seguir”[i].
La Modernidad que intenta plantear como fundante que todos tenemos razón en tanto subjetividad que piensa, termina ubicando que no todos podemos conducirla hacia la verdad y el saber como principio de la propia experiencia. Diferencia así un diagnóstico fundamentado, buceador de su propia génesis, de un diagnóstico repetitivo, marcado por un consenso engañoso que no permite perdernos en la incertidumbre propia de lo humano. Este camino ya no es la la pregunta por la verdad sino la “normalización”, como diría Foucault, que nos imponen seguir.
Y esto también ocurre con los diagnósticos en nuestra especialidad, los hay pesados como normas y también los hay curiosos del saber y de las palabras verdaderas. Por un lado, existen diagnósticos que borran la subjetividad del diagnosticado convirtiéndolo en espectador del sonido incuestionable de la verdad, por otro lado, también existen diagnósticos que hacen aparecer la cuestión personal tanto del diagnosticador como del diagnosticado, se trata de la construcción de un saber que gana un recorrido a la incertidumbre pero que pronto volverá a la acechanza de lo incierto.
Existen algunos profesionales que se la pasan diagnosticando y otros para los cuales diagnosticar es mala palabra. No se trata solamente de la posición teórica que adhieran y de su gusto por diagnosticar sino de la posición que tengan en relación al dilema de la Modernidad y de nuestra actualidad.

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El diagnóstico se utiliza en todas las ramas del saber, es transdiciplinario, en medicina, en economía, en política, etc... En todas esas disciplinas se intenta determinar como está funcionando un sistema en relación a una normalidad ideal de funcionamiento. De aquí el problema de diagnosticar en salud mental. La norma ideal es un entidad abstracta y muy susceptible a los cambios históricos y anímicos. Además el diagnosticador está incluído dentro del campo a investigar, cuestionando la idea de objetividad. Pero todos estos no son los problemas más complejos. Hay niveles de construcción de diagnósticos en salud mental que no hay que perder de vista. Hay diagnósticos que se dicen entre bambalinas y otros en los congresos internacionales. Tampoco es lo mismo quien es el sujeto a diagnósticar. Un diagnóstico toma en cuenta a quien tiene enfrente. Muchas investigaciones han demostrado que es más frecuente diagnosticar, por ejemplo, como adicto a un joven, clase baja, sin ocupación conocida, que fuma marihuana y toma pastillas con alcohol que a un exitoso empresario de clase alta que utiliza la cocaína para mejorar su rendimiento laboral.
Todas estas cuestiones son introductorias al tema propia del diagnóstico en nuestro campo de trabajo. En él, el diagnóstico constituye un punto imprescindible en la dirección de una cura. Existen diferentes clases de diagnósticos que toman diferentes perspectivas: los que utilizan dimensiones catalogadores por consenso de síntomas y signos como los DSM, las que utilizan una descripción fenoménica de autor como las nosografías psiquiátricas del siglo pasado, las que toman como dimensiones la presencia y/o ausencia de determinados significantes estructurales y estructurantes como el psicoanálisis, las que aprehenden su sentido a partir del valor experiencial disciplinar. Diferentes tipos de construcción de diagnósticos que se agregan a otros posibles pero que marcan la gran diversidad que existe en el acercamiento a la realidad profesional y laboral de cada día.
En psicoanálisis, el tema del diagnóstico es realmente un problema, y es así como deberíamos tomarlo desde un principio. Freud, además de plantear al sujeto del inconsciente, hilvana la cura con las asociaciones que trae el paciente. En este sentido, el diagnóstico dicho por un profesional que tiene el saber de catalogación del otro y que no lo pone en circulación dentro del tratamiento no estaría dentro del campo propiamente psicoanalítico. Por esto, el trabajo con las categorías creadas por el psicoanálisis son una paradoja, pues sirven y al mismo obstaculizan la escucha del analista. Construir un diagnóstico es ponerlo a prueba, es construir y dejar que esa verdad se hunda en lo real de la clínica. El diagnóstico está en el centro de una dialéctica que ya Freud apunta hablando de las diferencias entre investigación y tratamiento en el trabajo analítico y sostiene que no hay que apresurarse con el diagnóstico. Alerta contra quienes elaboran diagnósticos instantáneos que se los arrojan a los pacientes en las primeras entrevistas y los llama “tratamientos a la carrera”. Y sostiene que la comunicación prematura del diagnóstico pone fin prematuramente a la cura, o por las resistencias que esto genera o por la resolución de las cuestiones que lo llevaban a llevar adelante un tratamiento.
El diagnóstico es un problema, en tanto comienzo de una investigación y un tratamiento posible, resulta necesario ser pensando en sus cimientos, ¿cómo ha ser construído?, ¿a quién tiene enfrente? y ¿en qué momento es posible de ser dicho? El diagnóstico es enunciado para ponerlo a circular como un elemento más de lo acontece entre las asociaciones de un analizante y la presencia de un analista, ahí.

[i] Descartes, René: Discurso del Método, Alianza Editorial, Madrid, pág. 80.

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