domingo, 24 de mayo de 2009

DIAGNOSTICAR ES UNA ESPERANZA

El diagnóstico constituye un punto imprescindible en la dirección de una cura. Existen diferentes clases de diagnósticos: los que utilizan dimensiones catalogadores por consenso de síntomas y signos como los DSM, las que utilizan una descripción fenoménica de autor como las nosografías psiquiátricas del siglo pasado, las que toman como dimensiones la presencia y/o ausencia de determinados significantes estructurales y estructurantes como el psicoanálisis, las que aprehenden su sentido a partir del valor experiencial disciplinar. Diferentes tipos de construcción de diagnósticos que se agregan a otros posibles pero que marcan la gran diversidad que existe en el acercamiento a la realidad profesional y laboral de cada día. El diagnóstico marca la adherencia de un profesional a un tipo determinado de marco teórico. Hoy me gustaría, sin olvidar este marco referencial, escribir acerca, no del diagnóstico, sino de la acción clínica del diagnosticar.

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Una paciente llamada Mary[i] llega a tratamiento psicológico a un hospital público del primer cinturón del Gran Buenos Aires con un motivo de consulta preciso: masca chicle todo el día. Había querido dejar de fumar mascando chicle y ahora mascaba y fumaba. Lo llamativo era que mascaba todo el día el mismo chicle.
_ ¿Cuándo come también masca chicle?_ preguntó un desconcertado practicante del psicoanálisis, tal como quería considerarme a mí mismo.
_ No, cuando como, lo dejo a un lado y después, me lo vuelvo a poner en la boca.
Mary cuenta su historia en mañanas de distintas estaciones del año, durante meses cuenta acerca del padre y de su avaricia insuperable. Intenta transmitir algo de sus vivencias. El padre no le dio ni un beso, no le compró lápices de colores en la primaria, compró una casa y durante años no le puso ni agua corriente ni un inodoro.
Mí, como pasaré a llamarme pues era yo pero muy distinto al que soy hoy pues han pasado los años, creo que más de diez. Mí, entonces, la invitó a depositar en tratamiento el objeto que el padre no había puesto en la casa por más de cincuenta años. Algo inexperto, Mí se sorprendió de lo aconteció con el lugar del despacho de la “res excrementus”. Luego de meses de intentar la búsqueda de la imagen transmisible de un padecer enorme, Mary comenzó a preguntarse acerca de ella misma y a dudar acerca de quién era. Se preguntaba si era buena o mala, y las preguntas se contagiaban unas a otras, y llegaba a preguntarse si era avara o generosa. Y comenzaba a llorar, ¡lo que nunca había hecho en su vida! y ahora no podía dejar de hacerlo comenzando a preocupar a toda su familia. Contaba que una vez el padre le había regalado un vestido pero, antes de dárselo, se lo ermina regalando a su hermana; ahí es cuando tomó veneno para hormigas. Llora de una manera que también asusta a Mí. Mary no estaba bien, comenzaba a tener indecisiones que eran consecuencia de la movilización de toda su cadena significante y Mí se preguntaba con angustia hasta donde había que tirar de la cadena. Mary, cada vez más indecisa, comienza a mirar a Mí y le dice que él le puede decir, ya que la conoce como ni su marido la conoce, quién es ella. Se trata de un saber que Mí poseería pero que negaría a dárselo. Mary comienza a amenazar a Mí que le dé una respuesta precisa, no aceptaba ningún Ní más. ¡Basta de indecisiones! Mary iba a actuar y estaba lejos de pensar que cuando en su vida se aceleraba lo único que terminaba haciendo eran cagadas.
Una tarde, Mí descansaba de una jornada laboral cuando suena el telefóno y escucha la voz de Mary como pocas veces la había escuchado. Le dice que si no le dice que tiene, ella...podría... y habría una responsabilidad profesonal. Mí, entre la espada y la pared, desesperado reflexiona (sin pensar) acerca de qué hacer. No sin angustia le dice: _Usted es una neurosis histérica. Mí se sorprende pues esto tranquiliza a la paciente.
¡Diagnosticar había producido un cambio! Poco a poco, retorna la calma, y Mary analiza lo que le había pasado. Se había vuelto temporariamente loca como la madre. No había aguantado pensar en la hermana y la preferencia paterna. Comenzó a imaginar escenas de abuso cuando era chica, y era el padre con esa piel que a ella tanta repugnancia le daba, quien no solamente había abusado de ella sino también de su hijo.
El dianosticar fue una esperanza de no estar loca y ubicar su padecer dentro de un duelo, el duelo de la inminencia de la muerte del padre que con ochenta y pico de años estaba acercándose a ella. Lo “in” era lo incierto. El diagnosticar se metía en lo incierto y creaba un diagnóstico a dar a un sujeto que precisaba un saber, un saber sobre sí misma como testimonio de una fallida operatoria paterna.
El diagnosticar fue una esperanza que le permitió orientarse acerca de la mejor posibilidad de llevar adelante un cambio.

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Dar un diagnóstico es entrar a la Modernidad que con sus nuevas formas de dominio, le “obsequia” un diagnóstico al otro. Un diagnóstico es deseado por un individuo que desespera por un saber que le permita orientarse en su incertidumbre, es exigido por un ciudadano con derechos a la atención pública, es demandado por un sujeto carcomido por sus propias disquisiciones y fantasmas.
Pero hay que saberlo desde el principio, el diagnóstico va más allá y más aca de nuestro desempeño profesional. Hay diagnóstico en el sentido común, hay diagnóstico en el prejuicio y la discriminación, hay también diagnóstico de género. Y por supuesto, hay diagnósticos oficiales, diagnóticos que no se escriben y diagnósticos clandestinos. Hay diagnósticos fácilmente escuchables pero también diagnósticos lapidarios que te dejan preguntándote qué sentido tiene saberlo en este momento. Hay diagnóstico que se dicen en congresos y otros que se dicen en bambalinas. Hay diagnósticos con los cuales hemos crecido, diagnósticos generacionales. Y hay, por supuesto, diagnósticos en nuestra especialidad.
La mayoría no debe saber su diagnóstico nos dice Descartes al comienzo de la Modernidad separando a la masa del Hombre con mayúscula que aprehende el destino en sus manos. En la Modernidad se constituye un diagnóstico que no está bien decir y esto es lo que constituye el nacimiento de la norma moderna que ha causado un verdadero furor en estos siglos hasta convertirnos en espectadores de nuestros diagnósticos.
En cambio, el diagnosticar es una operatoria donde aparece la subjetividad de de quien diagnóstica y no hay espectadores que digan sus aseveraciones con la voz muda de la verdad. Se trata de un saber que gana un recorrido a la incertidumbre pero que pronto volverá a la acechanza de lo incierto. Y que acepta sus límites, y ahí, la esperanza.
[i] Este caso clínico está desarrollado en el libro EN GUARDIA. CRONICA DE UNA RESIDENCIA EN SALUD MENTAL (2000) Letra Viva.

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