miércoles, 6 de mayo de 2009

Una noticia sobre estómagos y ciencia

De una fórmula química se espera que tenga determinados resultados. Más allá de quién sea el que tome la pastilla. No puede haber pastilla uno por uno. Sería un despropósito, una monstruosidad lógica, sin embargo, las pastillas se metabolizan en un estómago que pertenece a un sujeto.
El sujeto del psicoanálisis tiene estómago. En cambio, el sujeto de la ciencia, no. La ciencia, al espacio en que se metaboliza las fórmulas químicas, lo denomina “territorio idiosincrásico” o sea, efecto indeseado debido a la peculiar sensibilidad de un individuo. Ya no hablamos de sujeto. Idiosincrasia es la forma particular como un individuo reacciona frente a los efectos esperados y normativizados de un fármaco. Si la fórmula no funciona como está estadísticamente probado, se trata de lo indeseado de las particularidades de un individuo. Deberíamos ser todos iguales para que los fármacos puedan trabajar sin molestias indeseadas, sin estómagos, riñones, intestinos; no estadísticamente cercanos a las medidas de tendencia central.
La ciencia tiene en su horizonte de mirada algo que para el resto de los mortales es una quimera y hasta una monstruosidad: la clonación, la posibilidad de que seamos todos iguales, es más tiene en su ideario la homoclonación. La ciencia se basa en esta utopía, la generación de hombres y mujeres con un mapa genético bien calcado sobre un modelo definido.
El otro día leí una noticia que decía que se había podido armar un ADN que preserve de futuras enfermedades a las mujeres, o sea a mujeres aún no nacidas, de probables patologías como la posibilidad de adquirir el cáncer de mama. Mujeres aún no nacidas inmunizadas desde antes de la génesis (¿pregénesis?) contra un tipo de dolor en su mismo seno. Y lo que más me llamó la atención, debe ser éste también un problema idiosincrásico, una particular forma de sensibilidad individual, fue que era una noticia más dentro de un diario.

Martín H. Smud

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